El ateísmo y la fe, parecen a menudo dos caras de una misma moneda. Probar la existencia de Dios, el notable desafío que inmortalizó a Santo Tomas de Aquino, recurriendo a todo el saber científico de su época, no es más osado, que negarlo, aún hoy, varios siglos más tarde. La fe, sigue siendo un misterio, un don, una quimera tal vez o hasta una decisión.
Y el ateísmo, en rigor, no es uno solo y se fragmenta en diversos matices que intentamos definir en este espacio.